Una infancia sin preocupaciones es lo que todos los padres desean para sus hijos. Lejos del estrés, los miedos y las inquietudes que, nos guste o no, forman parte de la vida adulta. Pero también los niños están expuestos a presiones en su día a día: uno de cada cuatro jóvenes en Alemania sufre dolores de espalda o de cabeza al menos una vez por semana, y un 23 % tiene problemas de sueño varias veces a la semana, según el DAK-Präventionsradar 2023, un estudio realizado a casi 15.000 niños y adolescentes.
Hoy sabemos que la época del COVID con las restricciones sociales y el cierre de escuelas fue especialmente dura para los más pequeños: los trastornos de ansiedad y los síntomas depresivos aumentaron en todo el mundo. ¿Y ahora, años después, está todo superado? Muchos expertos opinan que no. De hecho, los problemas de salud mental infantil se han estabilizado… pero en niveles preocupantes.
¿Por qué aparece la ansiedad infantil?
Aunque a menudo se asocia el estrés con algo negativo, no siempre lo es. Un nivel controlado de estrés puede incluso ser beneficioso para el desarrollo del niño, ya que estimula la adaptación, la superación y la tolerancia a la frustración. Sin embargo, cuando ese estrés se vuelve constante o supera la capacidad de gestión del menor, aparece la temida ansiedad infantil.
Durante la infancia, muchas de las situaciones que generan ansiedad están relacionadas con los llamados retos del desarrollo: dejar la etapa de infantil, comenzar primaria, adaptarse a nuevas normas sociales, enfrentarse a responsabilidades escolares, cambios de amistades o dinámicas familiares nuevas. Todo esto, aunque natural, puede vivirse como una fuente de presión emocional intensa.
Además, no hay que olvidar los factores externos que influyen: padres sobrecargados, agendas llenas, poco tiempo en familia o la presión de sobresalir en todo. La escuela, lejos de ser solo un lugar de aprendizaje, es para muchos niños un entorno donde se acumulan exigencias: exámenes, deberes, dinámicas grupales, ruidos, conflictos… Todo eso genera un entorno propicio para que el estrés se convierta en ansiedad.
Señales físicas y emocionales del estrés en niños
Los síntomas de la ansiedad infantil no siempre se manifiestan como un «estoy nervioso» o «tengo miedo». En muchos casos, son señales físicas o comportamientos que, si no se interpretan correctamente, pueden pasar desapercibidos o atribuirse a otras causas.
Entre los síntomas más comunes se encuentran los dolores recurrentes (de cabeza, barriga, musculares…), trastornos del sueño como insomnio, despertares frecuentes o pesadillas, pérdida de apetito o, por el contrario, hambre constante. También pueden aparecer náuseas o vómitos sin origen médico claro.
En el plano emocional y conductual, los niños pueden mostrarse más irritables, impulsivos o incluso agresivos. En el caso de las niñas, es más frecuente ver reacciones de tristeza, retraimiento, miedo excesivo o conductas obsesivas. Si estos síntomas se mantienen en el tiempo, es importante actuar, ya que pueden evolucionar hacia trastornos más complejos.
La clave está en observar los cambios: ¿dónde antes había entusiasmo, ahora hay apatía? ¿Se queja de dolores sin explicación médica? ¿Evita situaciones sociales que antes disfrutaba? Todo eso puede ser una forma de decir: “necesito ayuda”.
¿Cómo afecta el estrés a los niños a nivel físico?
Cuando un niño experimenta estrés, su cerebro activa una reacción ancestral de supervivencia: la conocida respuesta de lucha o huida. Esto implica la liberación de hormonas como adrenalina, noradrenalina y cortisol, que preparan al cuerpo para reaccionar rápidamente ante un «peligro».
En situaciones puntuales, esta respuesta puede ser útil. Pero cuando se mantiene activa de forma crónica —como ocurre con el estrés infantil mantenido—, tiene efectos perjudiciales. El cortisol interfiere en el sueño, aumenta el apetito por alimentos ricos en azúcares o grasas, y debilita el sistema inmunológico, haciendo que los niños sean más propensos a infecciones.
Además, un exceso continuado de estas hormonas afecta directamente al cerebro: reduce la capacidad de concentración, bloquea la memoria y altera la regulación emocional. A largo plazo, puede dejar huella en el desarrollo cognitivo y emocional del niño. La conexión entre el estrés, el sistema digestivo y el equilibrio emocional es más profunda de lo que parece.
Ansiedad infantil y microbiota: una conexión real
La microbiota intestinal —el conjunto de bacterias beneficiosas que habitan nuestro intestino— juega un papel crucial en la salud general del niño. Lo que quizás no es tan conocido es que también influye directamente en la salud mental, gracias a su comunicación constante con el cerebro a través del llamado eje intestino-cerebro.
En situaciones de estrés crónico, esta conexión se desequilibra. La diversidad de bacterias buenas disminuye, y con ello se reduce la producción de sustancias clave como los ácidos grasos de cadena corta, entre ellos el butirato, esencial para la integridad de la mucosa intestinal. Cuando esta mucosa se debilita, se vuelve más permeable, permitiendo el paso de sustancias indeseadas al torrente sanguíneo, lo que se traduce en inflamaciones crónicas, intolerancias alimentarias e incluso posibles enfermedades autoinmunes.
Por si fuera poco, el intestino también es responsable de producir más del 90 % de la serotonina, el neurotransmisor relacionado con la felicidad, y de la melatonina, que regula el sueño. Si el intestino no está en equilibrio, todo esto se ve alterado, afectando tanto al ánimo como al descanso del niño. Cuidar su microbiota es, por tanto, cuidar su salud emocional.
¿Cómo ayudar a los niños con ansiedad y estrés?
Afortunadamente, hoy sabemos que es posible apoyar el bienestar emocional de los niños de forma integral. Una herramienta cada vez más estudiada y utilizada son los probióticos con acción sobre el eje intestino-cerebro. Existen cepas específicas con evidencia científica que han demostrado su eficacia para reducir síntomas como el cansancio mental, la irritabilidad, la falta de concentración o el insomnio.
Estos probióticos, adaptados a las necesidades de niños, no actúan solo en el intestino, sino que influyen positivamente en todo el organismo. Son especialmente útiles en épocas de estrés escolar, cambios vitales o conflictos emocionales. Si se combinan con hábitos saludables, pueden marcar una gran diferencia en el día a día del niño.
Las siguientes estrategias pueden ayudarte a prevenir y reducir la ansiedad infantil en casa:
Sé un modelo de calma y resiliencia: los niños aprenden observando. Si te ven gestionar el estrés con serenidad, aprenderán a hacerlo también.
Crea momentos de relajación activa: el movimiento, los juegos tranquilos, el contacto con la naturaleza y las respiraciones profundas ayudan a liberar tensiones de forma natural.
Habla con tu hijo cada día: busca momentos tranquilos, como después del cole, durante la cena o al acostarse, para que pueda expresarse sin prisas ni juicios.
Regula el uso de pantallas: limita el tiempo frente a móviles y tablets, y ofrece alternativas como lectura, manualidades o juegos en familia.
Cuida su rutina de sueño: un buen descanso es esencial. La exposición a la luz solar, el ejercicio regular y horarios constantes ayudan a dormir mejor.
Fomenta la actividad física regular: está demostrado que los niños activos tienen menos riesgo de desarrollar depresión o ansiedad en la adolescencia.
Apoya el equilibrio intestinal: una microbiota sana influye positivamente en el estado de ánimo y el sistema inmunitario. Puedes favorecerla con una alimentación rica en fibra, alimentos fermentados y probióticos específicos cuando sea necesario.
Con pequeños cambios diarios y una mirada atenta, es posible prevenir y tratar el estrés en niños y ayudarles a crecer con mayor seguridad, equilibrio y bienestar emocional.