Dolor abdominal, ardor de estómago, náuseas o sensación de plenitud tras las comidas… son molestias muy comunes que muchas veces atribuimos al estrés o a una simple indigestión. Sin embargo, en muchos casos, detrás de estos síntomas se esconde una gastritis, es decir, una inflamación de la mucosa gástrica.
La gastritis es una de las afecciones digestivas más frecuentes y puede presentarse de forma aguda, apareciendo de repente tras una comida copiosa o el consumo de alcohol, o como gastritis crónica, que se desarrolla lentamente y suele pasar desapercibida durante mucho tiempo.
Entre sus causas más habituales se encuentran la infección por la bacteria Helicobacter pylori, muy extendida en todo el mundo, el uso continuado de determinados analgésicos y antiinflamatorios, el exceso de alcohol, así como ciertos procesos autoinmunes que dañan la mucosa protectora del estómago. Cuando esta barrera se debilita, los ácidos gástricos irritan el tejido y aparecen síntomas que pueden afectar seriamente al bienestar y a la calidad de vida.
¿Qué es la gastritis?
La gastritis es el término médico que se utiliza para describir la inflamación de la mucosa gástrica. Esta mucosa recubre el interior del estómago y lo protege frente a los ácidos gástricos, que son muy agresivos pero imprescindibles para la digestión.
Cuando esta barrera protectora se daña o se ve sobrepasada, se produce una reacción inflamatoria que puede ser muy dolorosa.
Existen dos formas principales de gastritis:
- Gastritis aguda: aparece de forma repentina y suele estar causada por factores externos como comidas copiosas, muy picantes o grasas, el consumo excesivo de alcohol, determinados medicamentos (por ejemplo, los antiinflamatorios no esteroideos), infecciones o incluso situaciones de estrés intenso. La mucosa del estómago se irrita y desencadena una respuesta inflamatoria.
- Gastritis crónica: se desarrolla de manera lenta y a menudo pasa desapercibida porque sus síntomas —malestar en la parte superior del abdomen, sensación de plenitud, náuseas— son poco específicos. Si no se detecta ni se trata, puede derivar en úlceras gástricas o, en casos más graves, incluso aumentar el riesgo de cáncer de estómago.
Los especialistas dividen la gastritis crónica en tres categorías según su origen:
- Tipo A (autoinmune):
El sistema inmunitario ataca por error las células del estómago. Suele aparecer en personas que ya padecen otras enfermedades autoinmunes.
- Tipo B (bacteriana):
Es la más frecuente, causada por la infección con la bacteria Helicobacter pylori.
- Tipo C (química o irritativa):
Aparece por la acción continuada de sustancias dañinas como el alcohol, la bilis o determinados medicamentos.
Gastritis tipo B: la inflamación bacteriana
La gastritis tipo B es, con diferencia, la más común dentro de las formas crónicas, ya que supone hasta un 90 % de los casos. Su causa principal es la infección por la bacteria Helicobacter pylori.
Este microorganismo es capaz de sobrevivir en el entorno extremadamente ácido del estómago gracias a la producción de una enzima llamada ureasa, que convierte la urea en amoníaco y crea una especie de “refugio” protector alrededor de la bacteria. De este modo consigue instalarse en la mucosa gástrica, donde provoca una inflamación persistente y aumenta el riesgo de desarrollar problemas graves como úlceras de estómago, linfomas gástricos o incluso cáncer gástrico.
El problema añadido es que los síntomas suelen ser poco específicos y muchas veces no se detecta hasta que aparecen complicaciones. Entre los más frecuentes encontramos:
Dolor o presión en la parte superior del abdomen, especialmente tras las comidas
Gases, hinchazón y eructos
Pérdida de apetito
Náuseas o vómitos ocasionales
Presencia de sangre en heces o vómitos oscuros, lo que puede indicar hemorragia digestiva
¿Cómo se diagnostica la gastritis?
El diagnóstico de la gastritis comienza con una anamnesis detallada (historia clínica) y una exploración física para registrar síntomas como dolor abdominal, plenitud o náuseas. Para confirmar el diagnóstico se utilizan varias pruebas complementarias:
Gastroscopia: un tubo flexible con cámara se introduce por la boca hasta el estómago para visualizar la mucosa, detectar lesiones y obtener biopsias.
Test de la ureasa: prueba rápida que identifica la presencia de H. pylori en las muestras tomadas.
Test del aliento (13C-urea): método no invasivo que permite detectar con fiabilidad la bacteria.
Análisis de heces o de sangre (anticuerpos): se utilizan en niños y en el seguimiento de los tratamientos.
Tratamiento de la gastritis aguda y crónica
El tratamiento depende de la causa y el tipo de gastritis, pero siempre tiene un mismo objetivo: reducir la inflamación, proteger la mucosa y aliviar los síntomas.
Gastritis aguda:
Reposo digestivo: puede ser necesario un ayuno temporal o una dieta líquida suave para aliviar la carga del estómago. Después, se recomienda una alimentación blanda y ligera, evitando alcohol, café, comidas grasas, muy especiadas o irritantes.
Inhibidores de la bomba de protones (IBP) o bloqueadores H2: reducen la producción de ácido gástrico y favorecen la regeneración de la mucosa.
Antiácidos (antiácidos de acción rápida): ayudan a neutralizar la acidez y proporcionan un alivio inmediato de los síntomas más molestos.
Gastritis crónica:
El tratamiento depende del tipo específico:
Tipo A (autoinmune): requiere suplementación con vitamina B12 y, en algunos casos, hierro u otros minerales, ya que la absorción está alterada. También puede ser necesario reducir la producción de ácido con IBP. Dado que este tipo de gastritis conlleva un mayor riesgo de cáncer gástrico, se recomiendan gastroscopias periódicas de control.
Tipo B (Helicobacter pylori): tratamiento de erradicación con una combinación de antibióticos y un inhibidor de la bomba de protones, lo que permite eliminar la bacteria y regenerar la mucosa.
Tipo C (química-irritativa): se basa en evitar los factores desencadenantes como medicamentos irritantes, alcohol o reflujo biliar. Además, suele acompañarse de una terapia con IBP para apoyar la cicatrización y la regeneración del tejido gástrico
Probióticos: un apoyo para el estómago y el intestino
Cada vez más estudios señalan que los probióticos desempeñan un papel importante en el tratamiento complementario de la gastritis.
Ciertas cepas bacterianas han demostrado tener una acción calmante y estabilizadora sobre el sistema digestivo, especialmente en el contexto de infecciones por Helicobacter pylori.
Los probióticos pueden:
Reducir los procesos inflamatorios en la mucosa gástrica
Inhibir el crecimiento de H. pylori
Disminuir los efectos secundarios de los antibióticos
Favorecer la regeneración de la mucosa
Reforzar el equilibrio del microbioma intestinal
Entre las cepas más estudiadas destacan Lactobacillus rhamnosus, Lactobacillus plantarum, Lactobacillus reuteri y Bifidobacterium bifidum.
Especialmente en la gastritis crónica, el uso de probióticos puede ayudar a mantener la mucosa protegida y favorecer un equilibrio saludable entre las bacterias beneficiosas y las dañinas, mejorando así la salud digestiva y el bienestar general.
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