Alexander Fleming y el descubrimiento de la penicilina
Un moho en una placa de Petri cambió la historia de la medicina
En realidad, todo comenzó por casualidad. En 1928, Alexander Fleming se marchó de vacaciones y olvidó en su laboratorio una placa de cultivo con bacterias patógenas. Al regresar, observó que había crecido un moho alrededor del cual las bacterias no se multiplicaban.
Aunque Fleming no pensó inicialmente en utilizar aquella sustancia, a la que llamó penicilina, como medicamento, una década más tarde los investigadores Ernst B. Chain, Howard Florey y Norman Heatley retomaron sus apuntes. Lograron aislar el principio activo del moho y demostrar su eficacia frente a bacterias grampositivas.
Sin embargo, el camino hasta convertir la penicilina en un antibiótico eficaz no fue sencillo. En 1941, al administrarla por primera vez a un paciente con septicemia, su estado mejoró rápidamente. Pero debido a la escasez del principio activo, el tratamiento se interrumpió demasiado pronto y el paciente falleció poco después. Este hecho llevó a una conclusión clave que sigue siendo válida hoy: los antibióticos deben tomarse durante el tiempo prescrito, incluso cuando los síntomas mejoran.
A partir de 1942 comenzó la producción industrial de penicilina. Primero benefició a los soldados en zonas de guerra y, desde 1944, también a la población civil. En 1945, Fleming, Chain y Florey recibieron el Premio Nobel de Medicina por un descubrimiento que aún hoy es la base de muchos antibióticos.
Antibióticos: cuando el remedio se convierte en problema
En su discurso de agradecimiento, Fleming advirtió ya entonces sobre los riesgos de una duración demasiado corta, un uso demasiado frecuente o una dosificación insuficiente del principio activo:
“Existe el peligro de que los microbios aprendan a volverse resistentes a la penicilina. Y cuando un microbio se vuelve resistente, lo sigue siendo durante mucho tiempo.”
Lamentablemente, el científico tenía razón. Solo en Europa, cada año alrededor de 670.000 personas contraen infecciones causadas por bacterias multirresistentes, y cerca de 33.000 pacientes fallecen como consecuencia.
Las causas del desarrollo de resistencias son hoy bien conocidas:
los antibióticos, especialmente los antibióticos de amplio espectro que actúan contra varios patógenos a la vez, se prescriben con demasiada frecuencia, o bien los pacientes interrumpen el tratamiento antes de tiempo al notar una mejoría de los síntomas. Además, estos medicamentos siguen utilizándose en muchos casos para infecciones víricas, frente a las cuales son ineficaces.
El uso de antibióticos solo es adecuado en enfermedades de origen bacteriano.
Todo ello favorece que los patógenos bacterianos “aprendan” a sobrevivir a los antibióticos. Las bacterias que resisten el contacto con el medicamento desarrollan mecanismos de defensa y transmiten esa resistencia a las siguientes generaciones bacterianas, de modo que el mismo principio activo deja de ser eficaz en tratamientos posteriores.
Especialmente problemática es la toma repetida de distintos antibióticos en periodos cortos de tiempo, ya que puede dar lugar al desarrollo de cepas resistentes que proliferan en el organismo y pueden provocar enfermedades graves.
Estas bacterias multirresistentes pueden transmitirse:
por contacto directo o indirecto entre personas,
entre personas y animales,
y también a través del entorno.
El riesgo de infección es especialmente elevado en lugares donde se atiende a personas enfermas o con el sistema inmunitario debilitado, como residencias de mayores u hospitales.
A pesar de todo, los antibióticos siguen siendo imprescindibles en la medicina moderna. Gracias a este descubrimiento de hace más de 90 años, hoy pueden curarse infecciones que antes eran mortales. Sin embargo, durante mucho tiempo se subestimaron tanto el riesgo de resistencias como los efectos secundarios asociados a su uso.
Efectos secundarios de los antibióticos: diarrea y “arrasamiento” de la flora intestinal
Es muy probable que alguna vez hayas tenido que tomar un antibiótico y que durante el tratamiento hayas notado que tu digestión ya no funciona igual. Uno de los efectos secundarios más frecuentes de los antibióticos es la diarrea.
Esto ocurre porque estos medicamentos no distinguen entre bacterias “buenas” y “malas” y eliminan también la flora intestinal beneficiosa, con consecuencias claramente perceptibles. La llamada diarrea asociada a antibióticos (DAA) afecta hasta al 25 % de los pacientes.
Se habla de DAA cuando aparece diarrea durante el tratamiento antibiótico o poco antes de que se inicie, siempre que puedan descartarse otras causas. Además, esta diarrea puede manifestarse incluso semanas después de finalizar la terapia, por lo que no siempre se relaciona directamente con el antibiótico.
Con especial frecuencia, los episodios de diarrea están provocados por una bacteria llamada Clostridioides difficile, responsable de aproximadamente una cuarta parte de todas las diarreas asociadas al uso de antibióticos.
¿Puede haber un daño duradero en el intestino?
La reducción de la flora intestinal causada por los antibióticos no suele ser solo temporal. Desde hace tiempo se sabe que estos medicamentos suponen un impacto profundo en la diversidad del microbioma, y que la microbiota intestinal natural puede tener grandes dificultades para regenerarse por sí sola tras un tratamiento antibiótico.
Dado que cada cepa bacteriana cumple una función específica en el intestino, su pérdida puede favorecer la proliferación de microorganismos patógenos. Como consecuencia, determinados nutrientes y micronutrientes solo pueden absorberse de forma limitada, lo que puede dar lugar a carencias nutricionales. Además, hormonas como la serotonina pueden dejar de producirse en cantidad suficiente, desencadenando una serie de reacciones en cadena en el organismo tras una pauta de antibióticos.
Con una alimentación adecuada y un estilo de vida saludable, la flora intestinal puede recuperarse parcialmente. Sin embargo, en muchos casos persisten desequilibrios en el intestino.
Probióticos: una nueva era para la salud
Cuando Louis Pasteur y, más tarde, Robert Koch presentaron sus trabajos sobre microbiología, no pasó mucho tiempo hasta que, a mediados del siglo XIX, además de los microorganismos causantes de enfermedades, las bacterias del tracto digestivo humano comenzaron a despertar interés científico.
Louis Pasteur demostró, por ejemplo, en varias series de experimentos, que las bacterias intestinales podían inhibir el crecimiento del bacilo del ántrax. El debate público sobre el uso dirigido y preventivo de los lactobacilos (bacterias ácido-lácticas) se inició en 1907 gracias a Ilia Metchnikoff. El sucesor directo de Pasteur en el Instituto Pasteur de París observó que las bacterias lácticas presentes en el yogur podían desplazar a los microorganismos dañinos del intestino y, con ello, reforzar el sistema inmunitario.
En sus inicios, los probióticos no se utilizaban tanto para apoyar la flora intestinal como para la llamada “desintoxicación” del intestino.
El papel de la microbiota intestinal en el sistema inmunitario, la absorción de nutrientes y otros procesos clave se fue comprendiendo poco a poco. Durante un largo periodo, la ciencia incluso perdió el interés por las bacterias probióticas, ya que el descubrimiento de los antibióticos abrió caminos completamente nuevos en el tratamiento de las infecciones bacterianas.
Aunque el primer aislado probiótico para el tratamiento de infecciones intestinales graves se identificó y registró ya en 1917, en la práctica los antibióticos se convirtieron en la medicación predominante. No fue hasta la década de 1960 cuando los probióticos despertaron de nuevo el interés científico, una vez que la mayoría de los antibióticos habían sido ampliamente estudiados y probados.
Desde entonces y, de forma aún más intensa, desde el inicio del siglo XXI, los probióticos han pasado a ocupar un lugar central en la investigación científica. Cada día, nuevos estudios clínicos ponen de manifiesto el enorme potencial de los probióticos para la salud de todo el organismo.
Los probióticos como acompañamiento esencial del tratamiento con antibióticos
Uno de los primeros ámbitos de aplicación e investigación de los probióticos fue la diarrea provocada por antibióticos. Los estudios demuestran no solo que los probióticos pueden reducir o incluso prevenir la diarrea si se utilizan a tiempo, sino también que combinaciones específicas de cepas bacterianas pueden complementar y regenerar la flora intestinal.
En grupos especialmente vulnerables, como las personas que viven en residencias de mayores, el uso de antibióticos conlleva un mayor riesgo, por lo que la terapia de acompañamiento con probióticos adecuados resulta especialmente útil. La diarrea asociada a antibióticos puede dar lugar a complicaciones graves, como una deshidratación severa y, en consecuencia, ingresos hospitalarios.
De media, alrededor del 10 % de las personas que viven en residencias geriátricas reciben antibióticos de forma regular, principalmente para el tratamiento de infecciones del tracto urinario, infecciones de las vías respiratorias inferiores y infecciones cutáneas. La incidencia de la diarrea asociada a antibióticos puede alcanzar hasta el 25 %, dependiendo del antibiótico utilizado.
Un estudio reciente [1] analizó los efectos positivos de un probiótico cuyos diez cepas bacterianas fueron combinadas específicamente para su uso como acompañamiento del tratamiento antibiótico, evaluando la frecuencia de aparición de diarrea tras la administración de antibióticos en personas residentes en centros geriátricos.
La toma del probiótico (2 veces al día) se realizó de forma simultánea al tratamiento antibiótico y se mantuvo durante una semana tras la finalización de la terapia. En el estudio participaron 93 pacientes, en los que se documentaron 167 tratamientos antibióticos. En 84 casos, además del antibiótico, se administró el probiótico multicepa.
La administración de este probiótico de alta calidad se asoció con una reducción significativa de la diarrea asociada a antibióticos, en torno al 50 %, independientemente del antibiótico utilizado y de las enfermedades previas de los pacientes.
¿Pueden los probióticos ayudar frente a bacterias multirresistentes?
El aumento de las infecciones causadas por bacterias multirresistentes y el enorme potencial de los probióticos plantean una cuestión lógica: ¿pueden combinaciones bacterianas adecuadas convertirse en una opción terapéutica?
Está claramente demostrado que determinadas cepas probióticas son capaces de impedir la colonización del organismo por microorganismos patógenos. Un estudio reciente [2] analizó el efecto de un probiótico multicepa sobre la reducción de infecciones por bacterias multirresistentes en pacientes geriátricos.
En este estudio se demostró que la toma del probiótico multicepa durante 12 semanas redujo de forma significativa la aparición de infecciones por bacterias multirresistentes tanto a nivel intestinal como cutáneo en personas de edad avanzada.
Al inicio del estudio, el análisis del microbioma intestinal mostró que todos los pacientes presentaban colonización por bacterias multirresistentes (E. coli, Klebsiella spp., Pseudomonas aeruginosa). Sin embargo, tras doce semanas de tratamiento probiótico específico, se observó una reducción clara de la colonización por estos patógenos.
Además, se constató una mejora estadísticamente significativa de la diversidad de la flora intestinal. Tras finalizar la toma del probiótico multicepa, durante el periodo de seguimiento de doce semanas se registró incluso una reducción del 58 % en la aparición de bacterias multirresistentes.
Aún más llamativos fueron los resultados del análisis del microbioma cutáneo, que mostró una reducción del 71 % de las infecciones por bacterias multirresistentes.
La era de los probióticos ya ha comenzado
No solo por resultados de estudios como estos, cada vez más profesionales de la salud hablan ya de la era de los probióticos. Si hace apenas 20 años existían muy pocos estudios sobre su uso y efectos, hoy en día se publican decenas de miles cada año.
Además de su aplicación con éxito como acompañamiento del tratamiento con antibióticos, un número creciente de estudios demuestra el potencial saludable y preventivo de los probióticos para todo el organismo.
Los ámbitos de aplicación de los probióticos son cada vez más amplios. Desde trastornos digestivos como la diarrea o el síndrome del intestino irritable, pasando por el síndrome de fatiga, las depresiones, las enfermedades inflamatorias como el reumatismo o la demencia, hasta enfermedades muy prevalentes como los trastornos hepáticos o la diabetes tipo 2.
Paso a paso, la ciencia confirma que estos pequeños aliados del intestino pueden llegar a ser auténticos salvavidas.
Diarrea tras tomar antibióticos: ¿cuándo acudir al médico?
Es importante consultar con un profesional sanitario en los siguientes casos:
Cuando durante el tratamiento con antibióticos aparece diarrea que se prolonga más de dos semanas.
Cuando bebés, niños pequeños o personas mayores se ven afectados por diarrea intensa.
Cuando la diarrea va acompañada de fiebre alta, confusión, mareos, debilidad extrema o dolor abdominal intenso y persistente.
Cuando existe riesgo de deshidratación: no se consigue ingerir suficiente líquido, la orina es muy oscura o la cantidad de orina disminuye notablemente.
Cuando las heces son muy oscuras (tipo “alquitrán”) o contienen sangre, moco o pus.
Fuentes