Seguro que alguna vez lo has notado: tienes una reunión importante y se te cierra el estómago, los nervios te mandan directamente al baño o una época especialmente estresante coincide con digestiones más complicadas.
No es casualidad. Nuestro intestino y nuestro cerebro mantienen una conversación constante. Y lo más interesante es que esa comunicación funciona en las dos direcciones: el cerebro puede enviar señales que afectan al aparato digestivo y el intestino también envía información al cerebro.
A este complejo sistema de comunicación lo conocemos como eje intestino-cerebro. En él participan el sistema nervioso, las hormonas, el sistema inmunitario y diferentes sustancias producidas o transformadas por nuestra microbiota intestinal.
Pero ¿cómo consigue nuestro intestino “hablar” con el cerebro?
¿Qué es el eje intestino-cerebro?
El eje intestino-cerebro es el sistema de comunicación bidireccional que conecta el aparato digestivo con el sistema nervioso central.
Durante mucho tiempo pensamos en el intestino principalmente como el lugar en el que se digieren y absorben los nutrientes. Hoy sabemos que es mucho más complejo: alberga su propio sistema nervioso, el sistema nervioso entérico, y una enorme comunidad de microorganismos que conocemos como microbiota intestinal.
Por este motivo, probablemente hayas escuchado alguna vez que el intestino es nuestro “segundo cerebro”. La expresión resulta muy gráfica, aunque no significa que el intestino piense como nuestro cerebro. Hace referencia a la extensa red de neuronas del sistema nervioso entérico, capaz de regular muchas funciones digestivas y de comunicarse continuamente con el sistema nervioso central.
Y aquí aparece uno de los grandes protagonistas de esta historia: la microbiota intestinal.
Microbiota y cerebro: una relación en dos direcciones
Cuando hablamos de la conexión entre el intestino y el cerebro, hay un tercer protagonista que no podemos olvidar: la microbiota intestinal. Los microorganismos que habitan nuestro intestino participan en numerosos procesos del organismo y también forman parte de las vías de comunicación del eje intestino-cerebro.
Por eso, cada vez es más frecuente hablar del eje microbiota-intestino-cerebro, un concepto que refleja el papel de la microbiota en esta comunicación bidireccional.
Las bacterias intestinales producen o transforman diferentes sustancias que pueden intervenir en estas señales. Entre ellas se encuentran los ácidos grasos de cadena corta, como el butirato, que se producen cuando determinadas bacterias fermentan componentes de nuestra alimentación, especialmente algunos tipos de fibra. También participan otros metabolitos relacionados con el triptófano y diferentes moléculas implicadas en la señalización nerviosa, inmunitaria y metabólica.
Además, la comunicación funciona en las dos direcciones: el cerebro puede influir en el entorno intestinal a través del estrés y otras señales, mientras que lo que ocurre en el intestino también forma parte de la información que circula a través del eje intestino-cerebro.
¿Significa esto que las bacterias intestinales deciden cómo pensamos o cómo nos sentimos? No. La relación es mucho más compleja. Lo que sabemos es que la microbiota forma parte de esa conversación constante entre el intestino y el cerebro, y comprender mejor su papel es actualmente una importante área de investigación.
¿Cómo se comunican el intestino y el cerebro?
El intestino y el cerebro no utilizan una única vía para “hablar”. La información viaja en ambas direcciones a través de diferentes mecanismos que trabajan de forma coordinada y que hacen posible la comunicación a través del eje intestino-cerebro.
1. El nervio vago: una autopista de información
El nervio vago es una de las principales conexiones nerviosas entre el cerebro y diferentes órganos del cuerpo, incluido el aparato digestivo. A través de él viajan señales en ambas direcciones: el cerebro recibe información sobre lo que ocurre en el intestino y, a su vez, puede enviar señales que influyen en diferentes funciones digestivas.
2. El sistema inmunitario
El intestino está en contacto constante con alimentos, microorganismos y sustancias procedentes del exterior. Por eso, el sistema inmunitario intestinal desempeña un papel fundamental en el mantenimiento del equilibrio. Las señales inmunitarias generadas en el intestino también forman parte de la comunicación con el sistema nervioso.
3. Las hormonas y la respuesta al estrés
El cerebro y el intestino también se comunican mediante señales hormonales. Aquí entra en juego el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HPA), uno de los principales sistemas que utiliza nuestro organismo para responder al estrés.
Cuando vivimos una situación estresante, se activa una cascada de respuestas en el organismo que también puede hacerse notar en el aparato digestivo.
4. Los metabolitos de la microbiota
Las bacterias intestinales producen numerosas sustancias durante su metabolismo. Algunas actúan localmente en el intestino y otras pueden participar, directa o indirectamente, en las señales que llegan al cerebro.
Por eso, hoy sabemos que para comprender la comunicación entre intestino y cerebro también debemos prestar atención a quiénes viven en nuestro intestino y qué sustancias producen.
¿Por qué el estrés afecta al intestino?
“Se me ha cerrado el estómago”, “tengo un nudo en la tripa” o “cuando estoy nervioso tengo que ir al baño”. Son expresiones que utilizamos habitualmente y que reflejan muy bien hasta qué punto el estrés y el intestino están conectados.
Cuando atravesamos una situación de estrés, nuestro cerebro activa una serie de respuestas para preparar al organismo. Entra en acción el sistema nervioso autónomo y se activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HPA), con la consiguiente liberación de hormonas relacionadas con la respuesta al estrés, como el cortisol.
Todo esto puede repercutir en el funcionamiento del aparato digestivo. Por eso, especialmente durante épocas de mayor estrés, podemos notar:
Cambios en el ritmo intestinal, con episodios de diarrea o estreñimiento.
Mayor sensibilidad intestinal, haciendo que determinadas sensaciones o molestias digestivas se perciban con más intensidad.
Hinchazón o malestar abdominal, que pueden hacerse más evidentes en momentos de tensión.
Cambios en el apetito, desde tener menos hambre hasta sentir más ganas de comer determinados alimentos.
Alteraciones en la motilidad y las secreciones digestivas, ya que el estrés también puede modificar la forma en la que funciona nuestro aparato digestivo.
¿Y qué ocurre cuando el estrés se mantiene en el tiempo?
Un momento puntual de estrés no es lo mismo que vivir continuamente bajo presión. Cuando el estrés se vuelve crónico, la investigación ha observado que puede relacionarse con cambios en la composición y actividad de la microbiota intestinal y con alteraciones en la función de la barrera intestinal.
Y aquí aparece de nuevo la naturaleza bidireccional del eje intestino-cerebro: el cerebro influye en lo que sucede en el intestino, pero las señales procedentes del intestino también forman parte de la información que recibe el cerebro.
Por eso, cuando hablamos de bienestar digestivo, no deberíamos mirar únicamente lo que comemos. El descanso, el estrés, la actividad física y otros hábitos cotidianos también forman parte de la ecuación.
¿Qué relación existe entre la microbiota y el estado de ánimo?
¿Puede lo que ocurre en nuestro intestino influir en cómo nos sentimos? Esta es una de las preguntas que más interés está despertando en la investigación sobre el eje intestino-cerebro.
La microbiota intestinal produce y transforma diferentes sustancias capaces de participar en las vías de comunicación con el cerebro. Entre ellas se encuentran los ácidos grasos de cadena corta y distintos metabolitos relacionados con aminoácidos como el triptófano.
¿Y qué ocurre con la serotonina?
Probablemente hayas leído alguna vez que gran parte de la serotonina del organismo se produce en el intestino. Es cierto que el tracto gastrointestinal produce la mayor parte de la serotonina corporal, pero esto no significa que esa serotonina viaje directamente hasta el cerebro y nos haga sentir más felices.
De hecho, la serotonina producida en el intestino no atraviesa libremente la barrera hematoencefálica. Su papel está relacionado, entre otras funciones, con procesos intestinales como la motilidad. La relación entre microbiota, triptófano, serotonina y cerebro es bastante más compleja que la conocida idea de que el intestino “produce la hormona de la felicidad”.
Una relación que todavía estamos aprendiendo a comprender
Diversos estudios investigan actualmente la relación entre la composición y actividad de la microbiota y aspectos como:
la respuesta al estrés;
el estado de ánimo;
determinadas funciones cognitivas, como la atención o la memoria;
y el bienestar psicológico.
Sin embargo, es importante diferenciar asociación de causalidad. Encontrar diferencias en la microbiota de dos grupos de personas no significa necesariamente que esas diferencias sean la causa de cómo se sienten.
La alimentación, el descanso, la actividad física, el estrés, determinados medicamentos y muchos otros factores pueden modificar también nuestra microbiota.
Por eso, aunque sabemos cada vez más sobre esta conexión, todavía queda mucho por descubrir sobre cómo influye exactamente la microbiota intestinal en nuestro cerebro y nuestro comportamiento.
¿Qué relación existe entre el sueño y el intestino?
Dormir mal no solo se nota al día siguiente en forma de cansancio, falta de concentración o peor humor. El sueño también forma parte del complejo eje intestino-cerebro, en el que interviene nuestra microbiota intestinal.
Nuestro organismo funciona siguiendo unos ritmos circadianos, una especie de reloj interno que regula numerosos procesos a lo largo del día y de la noche. La microbiota intestinal también presenta variaciones relacionadas con estos ritmos, la alimentación y nuestros horarios.
Actualmente, la investigación estudia una posible relación bidireccional entre sueño y microbiota intestinal. Por un lado, dormir poco o alterar de manera continuada nuestros horarios puede asociarse con cambios en el entorno intestinal. Por otro, algunos metabolitos producidos por la microbiota participan en vías relacionadas con el sistema nervioso y los ritmos del organismo.
Estrés, sueño e intestino: un círculo muy conectado
Además, sueño y estrés suelen ir de la mano. Cuando estamos bajo presión podemos dormir peor y, después de varias noches descansando poco, afrontar las situaciones cotidianas puede resultar todavía más difícil.
El intestino tampoco permanece al margen de este círculo. Estrés, descanso, alimentación y microbiota se influyen dentro de una red compleja, por lo que cuidar nuestros horarios y procurar un descanso suficiente también forma parte de un estilo de vida favorable para nuestra salud intestinal.
Eso sí, la ciencia todavía está investigando muchos de estos mecanismos. No podemos afirmar que una determinada composición de la microbiota haga que durmamos mejor o peor, pero cada vez conocemos mejor la estrecha relación entre nuestros hábitos, el intestino y el cerebro.
¿Cómo cuidar el eje intestino-cerebro?
El eje intestino-cerebro funciona en ambas direcciones y está influido por numerosos factores de nuestro día a día. Por eso, no existe un único alimento ni un hábito capaz de cuidarlo por sí solo. La alimentación, el descanso, la actividad física y la forma en la que gestionamos el estrés forman parte de un estilo de vida que también puede influir en nuestra salud intestinal.
¿Qué podemos hacer para cuidar esta conexión?
🥦 Alimenta tu microbiota: incluye frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos y otros alimentos ricos en fibra. Una alimentación variada proporciona diferentes nutrientes y sustratos para las bacterias intestinales.
🚶 Muévete cada día: caminar, montar en bicicleta o practicar el ejercicio que más te guste beneficia a tu salud general y también se estudia su relación con la microbiota intestinal.
😴 Cuida tu descanso: dormir suficiente y mantener horarios relativamente regulares ayuda a respetar los ritmos naturales del organismo.
🧘 Gestiona el estrés: ejercicio, paseos, respiración, tiempo al aire libre o reservar momentos para desconectar pueden ayudarte a reducir la tensión del día a día.
🌱 Piensa en el conjunto: alimentación, movimiento, sueño y estrés están relacionados. Los pequeños hábitos que podemos mantener en el tiempo suelen ser más importantes que buscar soluciones rápidas.
Cuidar el intestino también implica prestar atención a cómo vivimos nuestro día a día. Mantener unos hábitos saludables puede contribuir al bienestar digestivo y, al mismo tiempo, favorecer los diferentes sistemas que participan en el eje intestino-cerebro.
No se trata de hacerlo todo perfecto, sino de cuidar de forma constante aquellos factores sobre los que sí podemos actuar: qué comemos, cómo descansamos, cuánto nos movemos y cómo gestionamos el estrés cotidiano.
Probióticos y eje intestino-cerebro: ¿qué sabemos?
Los probióticos son microorganismos vivos que, administrados en cantidades adecuadas, confieren un beneficio para la salud. Pero no todos los probióticos son iguales: sus efectos dependen, entre otros factores, de las cepas utilizadas y de su combinación.
El creciente conocimiento sobre el eje intestino-cerebro ha despertado también el interés por investigar qué papel pueden desempeñar determinadas bacterias intestinales en esta comunicación. Como hemos visto, la microbiota produce y transforma sustancias que participan en diferentes vías de señalización entre el intestino y el cerebro.
Por este motivo, en los últimos años se han estudiado determinadas cepas probióticas y combinaciones de cepas en relación con el eje microbiota-intestino-cerebro y aspectos como la respuesta al estrés, el estado de ánimo o algunas funciones cognitivas.
Los resultados de algunas investigaciones son prometedores, pero todavía nos encontramos ante un campo en desarrollo. Además, los resultados obtenidos con una cepa o combinación concreta no pueden atribuirse automáticamente a todos los probióticos.
Por eso, no podemos hablar de los probióticos como una solución general para el estrés, los problemas de sueño o los trastornos del estado de ánimo. Lo que sí sabemos es que la microbiota intestinal forma parte del eje intestino-cerebro, y su estudio está ayudando a comprender mejor esta compleja comunicación bidireccional.
Cada probiótico es diferente y no todas las cepas tienen los mismos efectos. Si quieres saber más sobre probióticos y microbiota intestinal, nuestro equipo estará encantado de ayudarte a resolver tus dudas.